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"Desde
pequeño Dios me llevó hacia Él".
Me llamo Eamonn Shelly y soy de nacionalidad irlandesa. Considero mi vida un
verdadero regalo de Dios porque se complicaron las cosas cuando nací
y por poco pierdo la vida. Fui bautizado dos días después de mi
nacimiento en el mismo hospital, gracias al capellán que estaba muy atento
a las necesidades de las almas.
Mi papá, "Paddy", fue lechero, hombre noble y justo, amante
de la oración y de la vida familiar. Mi mamá cumplía muy
bien su misión de ama de casa dedicada completamente a la educación
de sus hijos. Es una gran mujer. Somos 6 hijos, 2 mujeres y 4 hombres. Soy el
cuarto de los seis. Recuerdo mi niñez con mucho cariño, creciendo
en un ambiente muy católico de la Irlanda rural.
La primera vez que pensé en mi vocación sacerdotal debía
tener seis años. Caminando un día con un amigo, platicábamos
sobre lo que queríamos ser cuando fuéramos mayores. Recuerdo que
le dije: yo quiero ser sacerdote. Desde tan joven percibí la llamada
de Dios.
La primera persona que tuvo un impacto muy grande en mi vida fue la profesora
de primaria. Una mujer estupenda, que tenía un gran amor a lo que hacía,
y quería a Dios y a los demás con todo su corazón. Aunque
muy amable, sabía ser firme y justa. Algo simpático pasó
cuando ella se retiró de su profesión: me regaló la regla
que usaba para imponernos algún que otro castigo. Era de madera y en
cierta ocasión la rompió sobre mi mano, por mal comportamiento
en clase. Después de terminar mi primaria, me he encontrado varias veces
con ella; siempre recordamos con alegría esos hermosos años de
mi primaria.
Debo confesar que por aquel tiempo no me gustaba mucho la escuela. Por ello,
pedí permiso a mis papás para dejar de estudiar y comenzar a trabajar.
Así fue. Conseguí un trabajo en una carpintería cerca de
mi casa. Allí aprendí a ganar el sostén para mi vida. Después
de dos años de trabajo decidí volver a la escuela para terminar
mis estudios. Gracias a Dios, me fue muy bien.
La persona que más me ayudó a encontrar mi llamado fue el P. Pat
Fogarty, un sacerdote diocesano que actualmente trabaja en las misiones de Perú.
Entró en el seminario siendo muy joven. Cuando llegó el día
de su cantamisa, en nuestra parroquia, yo asistí con ilusión;
tenía 15 años. La Iglesia estaba llena, y tuve que quedarme en
la parte de atrás. Percibí una sensación muy especial durante
su homilía. Viendo la alegría y felicidad del P. Pat dando su
vida a Cristo en el sacerdocio, nació en mí el deseo de vivir
algo similar.
No comenté a nadie esta inquietud vocacional. Sin embargo, algunas personas
que convivían conmigo sí la percibieron, incluidos mis propios
amigos. Una noche nos encontrábamos en un restaurante; yo llevaba una
camisa negra y uno de mis amigos dijo: ¡Oye, Eamonn, tú podrías
ser un buen sacerdote! Me reí como si no hiciese caso, pero desde este
momento la llamada se hizo cada vez más intensa.
La primera persona con quien compartí mi inquietud vocacional fue mi
mamá. Tenía una confianza total con ella y sabía que me
ayudaría a discernir. Estudiaba mi último año de bachillerato.
Me quedaban tres meses para terminar. El orientador vocacional del colegio solía
hablar con nosotros de vez en cuando. Era una persona estupenda, hombre íntegro
y leal. En una conversación con él le dije que estaba pensando
en ser sacerdote. Me respondió con pocas palabras, pero muy importantes:
debía rezar mucho para que Dios nuestro Señor me iluminara. Una
semana después, un viernes en la tarde, mientras estaba en casa, mi mamá
me llamó para decirme que el profesor me llamaba por teléfono.
Tomé el teléfono y me dijo: "Mañana hay una convivencia
vocacional en el seminario diocesano. ¿Quieres venir? " Le respondí
afirmativamente. Lo pasé muy bien junto con otros quince muchachos con
inquietudes vocacionales, pero algo me decía que eso no era exactamente
lo que Dios tenía pensado para mí.
El curso seguía adelante. Era abril de 1991 y en junio tendría
los exámenes finales. Un día, en clase de religión, la
monja que nos daba esa asignatura nos presentó a un sacerdote; había
venido a hablarnos sobre las misiones. Se trataba del P. Hugh Ryan, L.C. Nos
transmitió lo fascinante de la vida de un sacerdote. Nos invitó
a conocer el noviciado de los Legionarios de Cristo en Dublín. Recuerdo
que cuando el P. Hugh había salido del salón, le dije a un amigo:
este sacerdote tiene algo diferente.
Poco después, el padre me envió algunos folletos y fotografías
sobre los Legionarios de Cristo. Contacté con él y me invitó
a visitar el noviciado de Dublín. Estábamos a inicios de julio.
Me encantó lo que vi allí, sobre todo la caridad y entusiasmo
de los jóvenes seminaristas. Decidí que esto era lo que yo quería
hacer con mi vida. Después de dos meses de candidatado, un tiempo apropiado
para pensar delante de Dios en los planes que Él tiene para cada uno,
ingresé al noviciado el 15 de septiembre.
El P. Eamonn Shelly nació el 28 de abril de 1971 en Roscrea, en el condado
de Tipperary (Irlanda). Ingresó al noviciado de la Legión de Cristo
en Irlanda el 15 de septiembre de 1991, después de terminar la preparatoria.
Ha estudiado un año humanidades clásicas en Salamanca. Ha cursado
filosofía y teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum
de Roma. Durante su período de formación, también ha dedicado
dos años al trabajo apostólico en el Instituto Irlandés
de Ciudad de México y uno en Francia.